viernes, 14 de diciembre de 2012

Toxiuhmolpilli.-




Corría tranquilo el año de Ome Calli, correspondiente al año de 1507 del calendario gregoriano, memorable en los anales jeroglíficos de los aztecas, porque fue el último en que celebraron la fiesta del fuego nuevo, que cada 52 años y al fin de cada periodo cíclico acostumbraban conmemorar. 

La fiesta de Toxiuhmolpilli, era la renovación del fuego de un modo solemne y peculiar, los dioses penates (dioses protectores) los idolillos de barro de los hogares y los utensilios domesticos, se hacían mil pedazos, arrojando sus fragmentos en las aguas de los posos, de los canales y del lago. 

A la caída de la tarde todos subían a las azoteas de las casas en la ciudad y a las cimas de las montañas en los alrededores, por temor de que los Tzitzimes (fantasmas feísimos y espantables) se comiesen a los hombres. Solo las mujeres grávidas quedaban encerradas en los graneros, cubiertos los rostros con máscaras de Maguey, para evitar que se convirtieran en feroces animales que devorarían a la gente. Se evitaba a la vez con estrujones y pellizcos que los niños se tornaran ratones si se dormían. 

Los sacerdotes vestidos como dioses, se encaminaban en lenta y silenciosa procesión hacia el cerro de Iztapalapa, la comitiva de la ciudad casi a la puesta del astro rey, pero con pausado andar para llegar a la cima del cerro en la media noche. 

Únicamente los rumores misteriosos de la tranquila noche interrumpían el silencio majestuoso de aquella muchedumbre, de aquel pueblo que lleno de temor y espanto, con las miradas clavadas en la cima del cerro, aguardaba el fiat lux, de su nuevo periodo secular. Los corazones palpitaban ávidos de continuar latiendo, y el frio de la muerte helaba la sangre en las venas de los tímidos. 



De súbito, allá en el punto más alto de la montaña, se oía el grito sofocado de la víctima a quien arrancaban el corazón, y sobre la caliente herida el frotamiento apresurado de los palillos, humeantes primero, producían después la anhelada chispa, que era saludada por todas partes con inmensos y prolongados gritos de júbilo. 

Se encendía una gran hoguera, el fuego era repartido a todos y poseídos de entusiasmo volvían gozosos a los hogares, plenamente convencidos de que aquel fuego renovado seria el símbolo de cincuenta y dos años de futura vida. 

Pero aquel año de 1507, no hubo fuego, la leyenda dice que 14 años después llegaron los españoles y el pueblo Azteca murió. 



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