viernes, 23 de noviembre de 2012

Los Altos de Jalisco.-





Llevo casi una hora aguantando a una mocosa que secuestro mi brazo y lo utilizo como almohada,  y la platica entre cortada  de los rancheros güeros me han hecho un experto sobre los cultivos de temporada.

El maníaco y depresivo conductor del Rojo de los Altos en su histeria a causa de un chamaco que lleva casi  la hora de rabieta y lloriqueos, hace que no quiera encender  el aire acondicionado y el calor va cada minuto en aumento. 

El campo se ha vuelto rojizo, es una tierra verdaderamente alucinante, en el asiento de atrás van 2 hermosas alteñas,  que me hacen pensar en pecar doblemente, tienen una cara y una complexión que pareciera que son diosas, pero cuando las escuche hablar inmediatamente me di cuenta que son mas mexicanas que los chilaquiles.  Ahora entiendo el clericalismo de los hombres de los Altos, y ¡como no habría de serlo!  …si las mujeres que acá viven son blanquitas, muy trabajadoras, regias y tan magnetizadoras que cualquiera creería vivir en el mismito cielo.


El aroma  es a queso, los suelos son empedrados y las casas son antiguas, la voz del pueblo son las campanas que replican a cada rato. Los señores van con sobrero texano y las señoras con rebozo de Santa María.

Fastuoso es el paisaje de los Altos de Jalisco,  sus montes son mezcla de roca y sembradíos de agave, el azulado cielo  es presumido y el verdor de los arboles demasiado lúgubre que pareciera de otro mundo.  A los dos lados de la carretera las vacas pintas y los toros destacan sobretodo, los pájaros van con rumbo al pueblito más fiestero, en las fiestas  la banda suena a todo pulmón, creo que no hay mejor triunfo que sacar a bailar a una bonita muchacha y que te diga que ¡si! Porque como fuereño de seguro te dirán que no.