domingo, 19 de agosto de 2012

Lev Davidovich Bronstein.




““¡Nos han dado otro día de vida, Natasha!”” 
solía exclamar alegremente Lev Davidovich a su compañera inseparable Natalia Sedova todas las mañanas, cuando la luz del día se introducía por la oscurecida alcoba… “Morir no es un problema cuando un hombre ha cumplido su misión histórica”, le dijo Trotsky una vez a un grupo de camaradas jóvenes.”

El día 20 de agosto de 1940, a las cinco de la tarde, Jacques Monard, un sujeto que había ganado la confianza de una de las secretarias de Trotsky y que visitaba frecuentemente la casa de Coyoacán, se presentó ante Trotsky para pedirle su opinión sobre un artículo; ya en su despacho, lo agredió con un piolet que llevaba escondido entre sus ropas, con el que le perforó el cráneo. Sus secretarios acudieron en su ayuda y detuvieron al asesino, pero ya era tarde. Su nieto, Esteban Volkov, refirió: “… '¡Jackson!' dijo Lev Davidovich, mientras se aferraba al marco de la puerta de su oficina, cubierto en sangre y señalando el agresor a Natalia, quien llegó corriendo. Era como si estuviera intentando decir: aquí está, el ataque de Stalin que estábamos esperando. Con gestos dificultosos, intentó señalar el estudio, '¡no lo maten - él debe hablar!' logró decir mientras yacía en el suelo del comedor a aquellos que lo rodeaban. Y tenía razón. Esta era la mejor manera de echar luz sobre el carácter del crimen”.

Poco después, en una ambulancia de la Cruz Verde lo condujeron al Puesto Central de Socorros, en donde murió al día siguiente. Al cortejo fúnebre, asistieron casi 250 mil obreros y campesinos que sintieron orgullo de albergar en México al gran revolucionario ruso. Sus restos fueron incinerados y enterrados en el jardín de cactos y flores mexicanas sito en la casa que habitó; señala el lugar, un monumento diseñado por Juan O'Gorman. Posteriormente, la casa, fue habilitada como Museo León Trotsky.



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