domingo, 23 de octubre de 2011

Espero.-


 

                     Era un hombre alto, de rostro anguloso, cabellos negros y ojos castaños, pequeños y hundidos. No se había afeitado en tres semanas por lo menos llevaba una camisa sucia y andrajosa, pantalones remendados que habían pertenecido a alguien mucho más gordo que él y un par de zapatos viejos y gastados, manchados de cal y de lodo.

Estaba apoyado contra el escaparate de una tienda rimbombante, situada junto a un banco por la Av. Juárez.

Se volteo para mirar hacia el interior de la “Boutique” y vio que una señora caminaba hacia la puerta de salida, cargando varios paquetes y un bolso…
Se acerco a la puerta y le dijo a la señora:

¿Le consigo un taxi, patroncita? ¿La ayudo con los paquetes?
La señora lo miro atemorizada, negó enérgicamente con la cabeza y se fue.

El hombre se encogió de hombros, recogió del suelo una colilla de cigarrillo, y volvió a recargarse resignado.

Un policía gordo y bajo, que cuidaba la entrada al banco, se le acerco lentamente y le dijo:

¿Cómo te llamas? ¡Benito!
¿Qué haces aquí? ¡Espero!

¿Qué esperas? ¡Cualquier cosa, que me de unos centavos. Limpio parabrisas, ayuda a cargar paquetes….!

Vete- Dijo el policía- no puedes estar parado aquí.
-La calle es libre—Dijo Benito.

El policía suspiro extrajo un paquete de cigarrillos y le ofreció uno.
Benito lo tomo con dedos ávidos, lo encendió con la colilla y aspiro una larga bocanada.

--Gracias—
Vete--- dijo el policía, en voz baja y suave, si te quedas aquí tendrás problemas.
--Gracias—repitió Benito y se fue, apretando el paso.

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